Aprendí a huir a los 16 años. Me aplaudieron por ello.

Esta es mi historia. La cuento de frente, porque el método salió de aquí.

Esta es mi historia. La cuento de frente, porque el método salió de aquí.

Tenía 16 años cuando mi hermano tuvo un accidente muy grave. Mi familia se desbordó y cada uno huyó a su manera. Yo elegí la huida mejor vista de todas: ser el fuerte. El que sostiene. El que se ocupa de los demás para no mirar lo suyo.

A eso nadie lo llama huir. Lo llaman madurar. Y ahí empieza el problema que hoy es mi oficio: hay maneras de irte de tu vida que vienen con aplauso incluido. Las conozco desde dentro. La mía funcionó tan bien que la estuve perfeccionando 30 años.

El disfraz perfecto

Porque la huida del fuerte tiene una virtud: rinde. Ingeniero químico. Consultor SAP. Profesor de física y química. Executive MBA en el IE, y años después profesor allí. Manager de operaciones en Airbus, en Accenture y en HP. Master Black Belt en Lean Six Sigma: casi 30 años midiendo lo que otros dan por intangible.

Hay una pieza de ese currículum que descoloca a cualquiera: a los 33 dejé un puesto ejecutivo para estudiar arte dramático. Todo el mundo entendía el ascensor. La escalera de bajada no la entendió casi nadie. Del teatro me traje lo que ningún máster me dio: la diferencia entre decir algo y que llegue.

Por fuera, una carrera que funciona. Por dentro, alguien entrenado a fondo en no estar. Durante años gané con 3 herramientas: resolver, entregar, no parar. Tardé mucho en ver que eran también mis 3 maneras de irme.

La factura

En medio de todo aquello hubo una época muy dura en mi vida. No la voy a contar aquí. Quien me quiere la conoce, y quien ha pasado por algo parecido la reconocerá entre líneas.

Lo que sí voy a contarte es lo que más me asusta de aquella época, mirada desde hoy: por fuera casi no se notó. Seguí entregando resultados. Seguí sonriendo en las reuniones. La huida respetable tiene esa propiedad: puede estar ardiendo la casa y el césped sigue impecable.

Y una cosa más, porque importa para lo que vino después: no salí de ahí a base de fuerza de voluntad. La fuerza de voluntad era justo la herramienta gastada. Salí ladrillo a ladrillo, y con ayuda. De ciertos sitios no se vuelve sin ayuda, y desconfío de quien te cuente lo contrario.

El mapa de vuelta

En esa reconstrucción encontré la práctica que todavía hoy me sostiene: el silencio. Retiros de varios días sin decir una palabra, y sobre todo su versión doméstica, la de cada mañana. Ahí aprendí a ver el mecanismo que años después convertí en método: existe un instante exacto en el que uno se va. Si aprendes a ver ese instante, la vuelta se acorta. Si no lo ves, no hay vuelta que valga, porque ni siquiera sabes que te has ido.

Y descubrí algo más, que es lo que hace que esta página te importe a ti: ese mapa de vuelta no necesita un fondo. Funciona igual en la huida pequeña y bien vestida: la reunión que transcurre sin ti, la cena con el correo debajo de la mesa. Bajé muy abajo a dibujar ese mapa. Y resultó que donde más servía era arriba.

La escalera, esta vez a propósito

Años después hice algo más raro todavía que lo del teatro, y esta vez sin ruido: me bajé de la escalera. Dejé de pelear el siguiente escalón y puse esa energía donde yo había elegido: mi marido, mi hijo, mi trabajo bien hecho, mis ratos. No dejé nada. No me fui a ningún monasterio. Encontré la paz sin cambiar de vida.

Y hay un dato que casi nadie se cree: buena parte de mi recorrido profesional de más nivel vino después de eso, no antes. La paz no me costó la carrera. Me la ordenó.

Hoy

Hoy vivo en el Empordà con mi marido y mi hijo. Sigo trabajando en operaciones, con una agenda tan llena como la tuya. Y sigo queriendo irme. Cada día. El impulso de huir no se jubila; lo que se entrena es verlo llegar. La diferencia es que ahora me pillo. A veces en 2 segundos. A veces a media tarde. Pero vuelvo. Y me quedo.

La escena del lago que abre esta web es de este verano, y es mía. Ese día volví a tiempo. Otros días no. Este oficio no va de no irse nunca. Va de que irte deje de costarte los ratos que no querías perderte.


Lo que esta historia no es

Una cosa importante, antes de cerrar. Esta historia es mía, no una propuesta. No te estoy invitando a bajarte de ninguna escalera, ni a subirte a un escenario, ni a hacer ningún retiro. El programa dice justo lo contrario: ni madrugar más, ni dejar nada. El entrenamiento sucede dentro del día que ya tienes.

Yo pagué la matrícula larga. La tuya es corta, y empieza por verte. Nada de lo que enseño me lo contaron: lo caminé primero, y lo destilé para ahorrarte los rodeos que a mí nadie me ahorró.

Me pasé media vida siendo el más fuerte de cada habitación. Hoy prefiero ser el que está en ella.

Si algo de esto te ha sonado, tienes 2 puertas.

El test que le pone nombre a tu manera de perderte lo que más te importa. 47 preguntas, 7 minutos.