No te falta tiempo. Te falta estar en el que ya tienes.


Entrenamiento de presencia para directivos

ENTRENAMIENTO DE PRESENCIA PARA DIRECTIVOS

Este verano estaba en el paraíso y no estaba.

Nuestro lago de siempre, el final de la tarde, mi marido y mi hijo al lado, recién bañados los tres. El sitio donde más feliz soy.

Y yo con la cabeza en otro sitio, buscando sin querer la manera de no estar en lo que yo mismo había elegido.

No me pasa siempre. Pero reconozco bien lo fácil que se escapa lo bueno sin que te des cuenta.

¿Te suena? Porque esto no me pasa solo a mí.

Es cómo funciona la cabeza.

Dos investigadores de Harvard, Killingsworth y Gilbert, siguieron a 2.250 personas y midieron dónde tenían la cabeza a lo largo del día. El resultado lo publicó la revista Science en 2010: pasamos cerca de la mitad del día, un 47 por ciento, con la mente en otro sitio, no en lo que estamos haciendo.

Y encontraron algo más, que es lo importante. Esa mente ausente no es la consecuencia de estar mal. Es la causa. Estar presente predice lo bien que te sientes mejor que la actividad que tengas entre manos.

Léelo otra vez, porque lo cambia todo. El problema no es tu agenda. No es el móvil, ni la tele, ni el trabajo. Es la ausencia.

Puedes cambiar de vida entera y seguir sin estar en ella.

No te voy a prometer más tiempo.

Ya lo has intentado todo para tener más, y sigues con la sensación de que no te alcanza.

Te voy a prometer algo distinto:

Volver a habitar el tiempo que ya es tuyo.

Volver a habitar el tiempo que ya es tuyo.

Volver a habitar el tiempo que ya es tuyo.

No vengo a hacerte más exitoso. Eso ya lo sabes hacer.

Vengo a acercarte a lo que de verdad importa, y que el éxito llegue solo. No más, sino más cerca.

No te pido que medites.
Ni que cambies de vida.
Ni que admitas que estás roto, porque no lo estás.

Solo que dejes de irte de los ratos que no quieres perderte.

Suena sencillo. Es lo más difícil que hay, porque te vas sin darte cuenta. Y ahí está todo: en el "sin darte cuenta".

La presencia se entrena. Pero no por donde crees.

No hace falta que aprendas a estar presente. Cuando algo te importa de verdad, ya sabes estar. No es que no sepas. Es que a veces no te enteras de cuándo te vas.

Así que no trabajo la presencia. Trabajo el aviso. Un detector que aprendes a reconocer y que, con la práctica, se te adelanta: al principio salta mucho después de haberte ido; luego cada vez antes; hasta que un día salta en el momento justo, cuando te estás yendo.

Lo que hagas entonces lo eliges tú. A veces querrás seguir con el móvil, perfecto, no hay problema... pero elegido, no en automático. El mismo gesto, elegido, deja de ser una huida.

Y cuando el aviso salta, lo primero que aparece no es calma. Es incomodidad. Y lo que hagas con esa incomodidad lo decide todo.

No es una intuición mía. En la Universidad Carnegie Mellon hicieron un experimento con 147 personas sin ninguna experiencia previa y solo 3 días de práctica. A un grupo le enseñaron a darse cuenta de cuándo se les iba la cabeza. Al otro, lo mismo, y además a mirar lo que apareciera sin pelearse con ello. A los segundos la cabeza se les fue mucho menos. Darse cuenta no bastaba. Lo que marcaba la diferencia era no pelearse con lo que veían.

Y ahí está la trampa, que era la mía también: cuando te pillas, lo primero que haces es regañarte. Llevas toda tu carrera ganando a base de exigirte más. Aquí eso no sirve. Por eso el detector no está para regañarte cuando te pillas. Está para mirarte sin castigarte.

Este verano, en el lago, me pasó. Me pillé. Un instante, algo dentro que dijo: ¡ey!, esto es lo que elegiste, es donde quieres estar, no te lo pierdas.

No tuve que cambiar nada. Solo me di cuenta a tiempo. Lo dije en voz alta, y en un segundo cambió la tarde entera, para los tres.

Eso es el detector entrenado. No te vuelve un iluminado. Te avisa.

A mí también me avisó, después de años en esto.

Por qué yo.

Mi currículum parece un cajón de sastre. Ingeniero químico. Profesor de física. Consultor SAP. Actor de teatro. Executive MBA en el IE, y años después profesor allí. Manager en Airbus, en Accenture, en HP. Terapeuta de teatro con enfoque Gestalt. Visto de fuera, no hay quien lo ordene.

Tardé años en ver que todo eso era una sola cosa. Que desde el primer día entrenaba siempre la misma mirada: ver cómo funciona algo por dentro y entenderlo de verdad. Lo que cambia es qué haces con esa mirada. A un proceso lo optimizas. A una persona la acompañas a verse. La misma manera de mirar, dos oficios distintos, y a los 2 les he dedicado la vida.

El rigor lo traigo de las operaciones. Master Black Belt en Lean Six Sigma, casi 30 años midiendo lo que otros dan por intangible. Por eso esto no es autoayuda. Es método.

Que lo que digo llegue de verdad, y no se quede en el aire, lo traigo del teatro y de años de dar clase.

Pero hay una cosa más, y es la que lo sostiene todo. La mecánica de la huida no la aprendí en un libro. La viví. Pasé una época muy dura y tuve que reconstruirme entero, ladrillo a ladrillo. Bajé, dibujé el mapa de vuelta, y descubrí algo: ese mapa funciona igual sin necesidad de tocar fondo. Funciona en la huida pequeña y respetable de un martes cualquiera.

Uno no se va de su vida de golpe. Se va en lo pequeño. Y casi siempre con una buena excusa.

Por eso yo. No porque sepa de muchas cosas, sino porque todas llevaban al mismo sitio: aquí.

Aquí no hay nada que comprar. Todavía.

Lo que hay, cada semana, es alguien escribiendo sobre esto. Sobre las huidas que nadie te reprocha. Sobre los ratos que se van sin que los veas. Sobre cómo se entrena el aviso.

Si algo de esto te ha sonado, ven a leerme.

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Jorge Cebrián de Irueta